El milagro llamado sopa

julio 02, 2013


Fotografía  Marta Elena

Una simple sopa puede ser la conexión entre las personas, su proceso para la elaboración lleva varias etapas: comprar los más frescos ingredientes, sea carne roja, de ave o pescado, la selección de cada legumbre, tocarlas, olerlas y comprobar que están en su punto, las hierbas, esas que dan ese toque final que diferencia la sopa de tu abuela y de la mía, porque las porciones sí que varían, hay quienes aman con una especie de fiebre el olor del cilantro, como es mi caso, en el que todavía estoy buscando las raíces de mi gusto desbordado por ese aroma y sabor. De la cocción requiere invertir un rato con mucha concentración, porque cocinar de mal humor es la peor mezcla, jamás quedará bien esa receta. Hay que predisponerse, olvidar las penas, los problemas, las deudas, las discusiones familiares y concentrase en el momento de juntar paso a paso los ingredientes. Si la olla es vieja, cuanto mejor, grande y llena de momentos, eso se va acumulando en cada átomo que la forma, queramos o no, las experiencias que se impregnan, siempre lo digo, mis utensilios, cada uno de ellos, tienen muchas historias contenidas, que a la hora de usarse, se activan como diminutos seres que comienzan armar la fiesta, son tus mejores aliados.
La cocina, ese recinto que aguarda para dar inició a la poción que luego unirá a una familia, en torno a una mesa, por respeto a la energía que se va a desatar, deberá estar limpia y ordenada, no pueden haber confusiones, la sopa es un plato en donde se vacían experiencias que entran por la boca y nunca debe haber equivocación, luego sale todo comensal de mal humor y no sabrá nunca la causa.  Mis manías, a veces me hacen esclava, porque la gran mayoría por ser libremente adquiridas, simplemente las disfruto. Antes de comenzar a cocinar, así sea dos huevos fritos (o estrellados, como dicen en otros sitios) limpio todo, aunque esté limpio de hace rato. La limpieza en la cocina no solo es una norma de aseo, es un ritual de orden en la cabeza, cuando en nuestra cabeza hay confusiones en los pensamientos, posiblemente nos confundamos agregando azúcar en vez de sal.
Llega el momento de cortar los ingredientes, buen momento para en silencio hacer un excelente ejercicio espiritual, cortar cada uno en un mismo tamaño, pudiendo inclusive usar estos momentos para evocar momentos agradables, o simplemente reflexionar, nunca juzgar, nunca pensar mal en nada, ni en nadie, ya saben, eso descompone la mente. Picar una y otra vez, cuadritos, julianas, brunoises, amarrar ramitas, paso a paso es uno de los ejercicios mentales más rico, porque además de relajar, los aromas van influyendo en tu estado de ánimo, y oler a comida calma las ansias.
Llega el momento en donde olla y cocinera (o cocinero) se transforman en cómplices, amigos, amantes, hay que llenarla de todo ese rato que dedicaste a transformar, caen, uno a uno, a la gran piscina que de ellos creará una orgía, todos se mezclan, son amigos, se abrazan, se besan, se entremezclan sin ningún pudor, generando esos sabores que luego una, dos o más bocas van a probar.
Llevo días haciendo sopas, las hago con ese ritual, los resultados son fantásticos, las sonrisas se desbordan, las lenguas se vuelven mal educadas saliendo a relamer los labios, los estómagos se sienten acariciados y los comensales amados.  Amo las sopas, son mis aliadas.

Entiendo que queda corto este post sin la debida receta, pero en estos momentos mis minutos se acortan también… regreso luego. 

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