22 oct. 2013

Cuando la luz abandona la mesa gracias a la ineficiencia



Las emociones embargan a toda la familia, había un pretexto para reunirnos de nuevo en un momento que cada día se nos hace más difícil por razones que no voy a enumerar en este momento. Una compacta maleta me acompañó a esta oscura experiencia, al fin y al cabo iría solo por 48 horas, que al final se transformaron en un tiempo casi eterno.

Llegamos sin ninguna novedad directo al sitio de encuentro, el sol resplandecía tan intensamente que por un buen rato ignoramos la realidad que no había luz en la ciudad de Valencia, Venezuela. Los ánimos de todos estaban en efervescencia, besos y abrazos de intercambio afectivo para dar inicio al bautizo de Samantha. 

Describir el ritual de una Iglesia sin luz, bajo el calor agobiante se los dejo a su imaginación, porque cualquier cosa que pase por su mente puede haber sido posible. Pero a pesar de todas las vicisitudes al final la niña recibió su bautizo en la pila bautismal.

Finalizado el acto seguimos con lo acordado, que con los precios de ahora he de reconocer que fue un gran esfuerzo de una pareja joven y los padrinos para organizar la celebración quienes con mucho esfuerzo organizaron todo, desde un almuerzo en un restaurante para la estricta intimidad de la familia y luego seguiríamos la celebración en la casa de los abuelos maternos de Samantha.

Llegamos al restaurante en pleno corazón de Valencia y cuál fue nuestra sorpresa que no había luz ni en el local, ni afuera, bajo ese fuerte calor no quedó otra alternativa que entrar al lugar, aunque estuviera a oscuras. Los propietarios nos informaron que les habían avisado que a las 12 del medio día habría luz, pero la verdad fue que nunca llegó, lo que obligó a los propietarios a improvisar una conexión de luz “provisional” con tres tímidos bombillos que apenas dejaban ver la silueta de los comensales, una gran linterna en manos de un mesonero alumbraba la gran paella que todavía me pregunto cómo habría sido la logística de la elaboración de semejante plato.



Confieso que la indignación se apoderó de mí, confieso que no había experimentado en carne propia la triste realidad que vive la mayoría de la gente que vive en el interior de Venezuela y el desconsuelo y compasión me acompañaron todo el tiempo.

Después de tratar de hacer llevadera tan surrealista situación, adelantamos los acontecimientos para irnos a la casa de mi familiar, en donde un bello jardín podría ayudarnos a sobreponernos a tan nefasta e injustificada experiencia, pero… ¡Ya va!, bello jardín, pero la urbanización también estaba sin luz, por lo tanto tampoco había aire acondicionado, bajo los toldos nos cobijamos en la sombra buscando apaciguar la insoportable experiencia.
Y llegó la noche, con ella nada cambió, solo nuestra adaptación en la retina. Hasta bien entrada la tarde fue cuando regresó y la celebración por tan heroico hecho ¡Llegó la luz! Decían al unísono como si de un premio se tratase, yo me sentí muy triste al sentir  una verdadera involución en el tiempo.

Durante más de 12 horas la ciudad de Valencia estuvo el día sábado sin luz, el calor arreciando y todos tratando de vivir y sobrepasar las ineficiencias imperdonables en un país que si de riqueza se trata, el motín sigue dando vueltas de mano en mano.

Mis sentimientos se revolvieron entre la tristeza, la impotencia y la desolación al ver cómo viven buena parte de los venezolanos con las constantes restricciones de luz, muriendo de calor, en donde se les descompone la comida, esa que apenas se consigue,  tratando de dignificarse aún con la poca calidad de vida que tienen.

En un país que hemos dejado en manos de quienes tienen la responsabilidad de hacer funcionar en el mejor estado la infraestructura del país y lo que uno vive es una desidia que no puedo compararlo con otra aptitud que no sea ignorancia. Llegando a una triste conclusión,  y es que son más lo que no tienen idea de lo importante que es generosamente trabajar en función de darle mejores opciones de vida a sus ciudadanos que los que están embarrados y piensan que están en el tope del confort.

Hoy manifiesto una vez más abiertamente que esto es una verdadera humillación a todos los venezolanos.  No celebré nada, todo lo contrario, me ha dolido mucho vivir una triste realidad en un país que se supone que tiene recursos de toda índole menos amor.

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